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12 may. 2013

El tiovivo

Enrique pasea las calles con la cabeza baja, como indiferente, así como si transitara por una dimensión distinta a la de todos, en la que no se ven ni se escuchan ni se sienten las cosas de este mundo, puede que las de otro, más silencioso, uno de blancos y negros y cosas sencillas, que no exaltan ni emocionan, que no hacen reír ni llorar ni gritar, pero que están hechas igual para ser vividas, dentro de Enrique, a la manera de él. No es verdad que él no vea, escuche o sienta las cosas de este mundo, pero cómo éstas viven dentro de él sólo lo sabe Enrique, y quizás también unas pocas personas que lo conocen, las que saben de verdad que las cosas de este mundo, sí, también le acarician, pero que lo hacen por dentro, de una forma callada, silenciosa, misteriosa y extraña para el resto.

Con Enrique, que a sus treinta y ocho años nunca aprendió a engañar (como tampoco aprendió nunca a comprender un chiste, aunque es capaz de reírse como nadie con algunos que en casa ya le han contado muchas veces, porque son ya como de su propia familia, como mágicos y cercanos abracadabras que destapan la caja de las risas), las apariencias, sin embargo, engañan. Paseando las calles con la cabeza baja, puede que contando las rayas de las baldosas, o elaborando fantásticas historias en su cabeza, o ensimismado quién sabe si en algo mucho más complejo aún, algo que tal vez ninguno de nosotros podríamos ni llegar a imaginar, puede que nadie sepa que Enrique vive la vida intensamente, con esa intensidad del que tiene la vida viviendo dentro de él, acariciando por dentro.

Con su cuello de toro, su pelo a lo cepillo y su ceñida camisa bien remetida adentro de sus pantalones, Enrique es como un robusto boyescaut adolescente al que le cabe medio mundo en su pequeña e inseparable mochila. El otro medio lo lleva en las retinas. De camino al centro cívico no sólo se ha empapado de todas las aceras, baldosas, líneas, baches, tapas de alcantarilla, rayas blancas y negras de pasos de peatones. Además, ha echado en sus retinas a la gente del otro lado del cristal ahumado de la cafetería, que gesticula conversaciones silenciosas y opacas mientras sopla las tazas y bebe. Ha añadido también al coche blanco que entra y al rojo que sale de la cochera del 26, un edificio amarillo de cinco plantas. Aún le ha quedado sitio para sumar al niño y a la niña de los columpios, al que se mece cuidadoso y a la que de pie sobre el asiento se eleva hasta confundir su vestido verde con las copas de los sauces, y también al niño que persigue al perro, al perro que luego persigue al niño, al niño que después llora en el suelo y al perro que ladra y le lame la cara y al padre que se ríe y sube a caballito al niño que llora. Al llegar al centro cívico, aún le quedaba mucho sitio más en el que arrinconar todas las hojas y carteles de aquel mar del tablón de anuncios, a los lectores dispersos del otro lado de la cristalera de la biblioteca, los altos y los bajos y los jóvenes y viejos y calvos y gordos y estudiosos y distraídos, a las mamás que pasan con carrito y a las señoras que vienen con bolsa de la compra a talleres de manualidades, y a los niños que vienen a pasarse las horas en los ordenadores de uso público, y todos los juegos y fotografías y colores y sonidos que escupen los ordenadores. Y en la mochila caben trípticos y postales gratuitas, y marcapáginas, y guías de ocio y tantas y tantas cosas más.


Fragmento del cuento "El tiovivo", correspondiente al proyecto "Déjalo todo y salta" (el siguiente tras "Esa mirada azul", ya disponible aquí), que se edita a caballo entre este sitio del micronón (algunos de los cuentos más cortos) y el libro de cuentos, de próxima aparición. Los cuentos aquí seleccionados no formarán parte de la edición impresa, aunque sí de la edición digital.




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