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15 abr. 2013

La bola de cristal

Un hombre paseaba por una senda oscura y solitaria. La frondosidad del camino se perdió de repente, como cortada por unas tijeras. La oscuridad transmutó en luz y el hombre se encontró al borde de un estrecho y profundo cañón, atravesado por un destartalado puente de cuerdas y madera. En el centro del puente halló a un viejo sentado en una caja, consultando una brillante bola de cristal. El viejo alzó la vista y se lo quedó mirando fijamente, sin decir nada.

–Está bien, está bien –dijo el paseante, como respondiendo a una pregunta no formulada–. Quisiera saber cómo será mi vida dentro de un año.
El viejo frotó la bola y ésta enseguida dejó de brillar. Comenzó a verse borrosa, a oscurecerse y a surcarse de rayitas como las de los viejos televisores perdiendo sintonía. Y, al final, quedó completamente negra.

El viejo arqueó las cejas y abrió los ojos como platos. El paseante interpretó su gesto como de espanto. El viejo se lo quedó mirando fijamente, con las cejas arqueadas y los ojos abiertos como platos. Tras mantenerse así casi un minuto, se levantó de su cajón y echó a correr hacia la espesura del bosque como alma que lleva el diablo.

Dos lagrimones brotaron de los ojos del paseante. Se alzó sobre el pasamano de cuerda del destartalado puente y se arrojó al vacío.

Instantes después, el viejo regresó corriendo, con un paquete de pilas alcalinas en su mano. 





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